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19 de Septiembre: Amor y Obediencia

Escucha:

El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.(Juan 14:21)

Piensa:

Cuando estudiaba los versículos de hoy, me hallé culpable de no estar a la altura de las expectativas del Señor Jesús. Es fácil decir: “Señor, yo te adoro”, pero ha habido momentos en los que he usado estas palabras oponiendo resistencia al mismo tiempo a algo que Él estaba tratando de grabar en mi corazón. Es cierto el viejo dicho: las acciones hablan más fuerte que las palabras.

La medida de nuestro amor es la obediencia a las ordenanzas y a los preceptos de Dios. Obedecer sus instrucciones es tan importante, que Jesús hizo hincapié en este punto tres veces en el pasaje de hoy (vv. 15, 21, 23). Tampoco era un concepto nuevo para los discípulos. Estaban familiarizados con la conexión bíblica entre el amor y la obediencia (Neh 1.5; Dn 9.4). Dios ha subrayado siempre que la manera de mostrar nuestra devoción es haciendo lo que Él dice (Dt 8.11; 10.12; 13.3, 4).

Yo podría predicar mil sermones, y no amar a Dios. El compromiso a medias puede parecer muy apropiado a otros, pero el Señor sabe la diferencia. Los creyentes podemos levantar nuestras manos en adoración, servir con ahínco, apoyar a los misioneros, e incluso hablar como todo un gigante espiritual. Pero si no estamos obedeciendo los mandatos de Dios contenidos en su santa Palabra, lo más que le estamos demostrando es amor tibio. Las obras no prueban nada. Amar al Señor significa obedecerle.

Puede sonar duro, pero Si usted no obedece la Palabra de Dios, no ama al Señor. Él le dijo a Josué que meditara en la Escritura día y noche (Jos 1.8). Leo la Biblia cada día, porque esta es la única manera de mantenerme fiel y de demostrarle mi amor al Padre.

Ora:

Señor, concédeme la disciplina para mantenerme fiel sirviéndote y siguiéndote conforme nos has enseñado mediante Tu Santa Palabra.

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18 de Septiembre: Buscar Sabiduría

Escucha:

Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia; No te olvides ni te apartes de las razones de mi boca; No la dejes, y ella te guardará; Amala, y te conservará. (Proverbios 4:5-6)

Piensa:

Vivimos en la “era de la información”, donde las noticias aparecen por teléfonos celulares, y pueden hacerse estudios universitarios en la Internet. Pero he notado que, aunque estamos rodeados de muchos conocimientos, no hay mucha sabiduría. La sabiduría que viene de Dios es la capacidad de ver las cosas desde la perspectiva del Señor y responder de acuerdo a los preceptos de las Sagradas Escrituras. No se puede descargar al instante esa capacidad, pero puede adquirirse con el tiempo.

Dios nos dice que el tesoro más valioso es la sabiduría (Pr 8.11). Los creyentes necesitamos tener su perspectiva y sus preceptos para vivir conforme a Cristo; por eso, adquirir sabiduría no es una sugerencia, sino un mandato (4.5). Un mandato que se convierte en la muestra de un camino para acercarnos a la persona que Dios quiere que seamos.

Piense en los relatos de “la fiebre del oro” del siglo 19. La gente arriesgaba sus vidas con el solo propósito de conseguir riquezas. La sabiduría vale mucho más que una veta del precioso metal. Al comparar las dos, el Señor nos llama a buscar con pasión el conocimiento y el discernimiento divinos.

En Proverbios 8.17 la sabiduría es personificada, y ella dice: “Yo amo a los que me aman; y me hallan los que temprano me buscan”. Dios se ocupará de que los creyentes que busquen la sabiduría la alcancen. Además, cuando el deseo de nuestro corazón es algo que tiene valor duradero, recibimos un extra: prudencia, conocimiento y discreción (Pr 8.12 NVI).

Ora:

Señor, renueva cada día mi vocación de buscarte, estudiando y analizando las valiosas enseñanzas que nos muestra Tu Palabra e intentado aplicar cada una de ellas en mi vida diaria. Sé que de esa forma podre hallar la valiosa sabiduría por la que nos guías y orientas.

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17 de Septiembre: Digno de Toda Gloria

Escucha:

“El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar” (Mateo 8:26)

Piensa:

Los hombres que viajaban con Jesucristo en una tempestuosa noche de Galilea, dijeron algo que debe hacernos prestar atención: “¿Qué hombre es éste…?” Si nos hacemos la misma pregunta, comenzaremos a ver todo el panorama de quién es el Señor Jesús, en vez de concentrarnos en los fragmentos de su personalidad revelados en relatos individuales.

Cuando el viento que circula a través de un estrecho desfiladero pasa sobre el Mar de Galilea, el agua se vuelve turbulenta. El Señor y sus discípulos fueron atrapados en una peligrosa tormenta mientras se dirigían a Gadara. Las olas se estrellaban sobre la cubierta de la embarcación de madera. Los experimentados marinos a bordo estaban seguros de que su muerte era inminente.

Sin embargo, Jesús dormía. Descansaba tranquilamente en medio de una tormenta tan espantosa que la palabra griega usada para describirla es seismos—la misma raíz de la frase “actividad sísmica” para terremotos. ¿Qué hombre es éste, que puede dormir mientras la embarcación es levantada y lanzada? La respuesta es: El que creó los mares y sabe cómo se forma una tormenta, y cuál fuerza hace que una ola se mantenga en movimiento. Un ser divino vestido de humanidad, que reprendió a los vientos y al mar, aquietándolos perfectamente.

Las Sagradas Escrituras dicen que tanto el aire como el agua se calmaron al instante ante la orden de Jesús. Tal es el poder de Jesucristo, el Creador y Señor del universo. Vistos en conjunto, todos los relatos de la Biblia acerca del Señor revelan el gran hecho de que Él es el único hombre digno de toda gloria, honra y alabanza (Dn 7.13, 14).

Ora:

Señor, dejo en Tu inmenso e insondable poder todas mis cargas y preocupaciones y te entrego mi confianza y mi fe, pues eres el único digno de toda honra, alabanza y gloria.

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16 de Septiembre: Total Confianza

Escucha:

!!Oh Señor Jehová! he aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder, y con tu brazo extendido, ni hay nada que sea difícil para ti. (Jeremías 32:17)

Piensa:

Durante uno de los períodos más difíciles de mi vida, me sentaba junto a la chimenea con un buen amigo y me desahogaba. Debido a que él sabía cómo escucharme, podía intuir cuando me sentía desanimado, y me recordaba que Dios tenía el control. Esta verdad se convirtió en un ancla para mi vida; sin importar lo intenso de la adversidad, hallaba consuelo al recordar que mi Padre celestial era soberano.

El Señor tiene total y supremo poder, control y autoridad sobre el universo y todo lo que hay en él. La Escritura dice que hay “un Dios y Padre de todos, el cual está sobre todos, y por todos, y en todos” (Ef 4.6).

Piense en la confianza que da esta verdad a los creyentes. Primero, si Dios lo creó todo y tiene poder absoluto sobre todo, entonces nada puede suceder sin su dirección y permiso. Segundo, sabemos por las Sagradas Escrituras que Él está íntimamente involucrado en nuestra vida, y que se interesa por los detalles de cada día. Tercero, Romanos 8.28 garantiza que Él hace algo hermoso para sus hijos en cada circunstancia, aun en situaciones que parecen malas y dolorosas. Si nuestro Padre misericordioso nos protege de esta manera, podemos tener paz en el presente y confianza en cuanto al futuro.

En tiempos de sufrimiento, ¿cómo ve usted a Dios? Particularmente en las adversidades y congojas, es importante recordar que Él tiene el control. Enfocarse en su soberanía le dará la confianza para seguir adelante. Lea otra vez el pasaje de hoy, enfocando su atención en el poder, el amor, y la capacidad del Padre celestial.

Ora:

Señor, fortalece mi fe, para no dudar ante una adversidad, sino creer siempre en que Tu inmenso poder, amor y misericordia, me llevarán nuevamente hacia la victoria.

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