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DOMINIO PROPIO

DOMINIO PROPIO

La templanza o dominio propio es el noveno fruto del Espíritu enumerado en Gálatas 5:22,23. Si bien figura en último lugar, su importancia no admite duda. Y es que hace falta mucho dominio propio para manifestar los otros ocho frutos del Espíritu.

Hace poco me enteré de un interesante experimento realizado por sicólogos de la Universidad de Stanford en 1972. Durante el mismo se ofreció a cada uno de los niños participantes un marshmallow o, como se dice en algunos países, un malvavisco, una golosina esponjosa.

En fin, se les prometió a los niños que, si se abstenían de comérselo, al cabo de 15 minutos recibirían un segundo marshmallow. Los investigadores analizaron cuánto tiempo era capaz de resistir cada chico sin comérselo. En 1988 y 1990 se hizo un seguimiento a los participantes y se estableció que existe una correlación entre postergar la satisfacción —esperar antes de darse un gusto— y lograr el éxito. Aunque los resultados no fueron concluyentes, el sentido común nos enseña que el autocontrol es un factor positivo en la vida.

Los padres de familia hoy en día deben, incluso con más dedicación que los de antes, ayudar a sus hijos a ejercer dominio propio. Son tantos los estímulos con que nos bombardean los medios que los padres tienen que trabajar doblemente y, por ejemplo, establecer límites cuando los niños quieren hacer un videojuego antes que las tareas escolares, o enseñarles a no alterarse cuando no obtienen enseguida lo que quieren. La paciencia, la cortesía, la consideración, el respeto, la amabilidad y la sinceridad son todas virtudes que requieren autodisciplina, pero que a la postre forjan el carácter de los niños y les brindan valiosas herramientas para la vida.

La Biblia habla mucho de ello. Pablo disertó sobre ese tema ante el gobernador Félix. El libro de los Proverbios dice que mejor es el que tarda en airarse que el fuerte. Jesús nos previno contra la glotonería. Santiago nos exhorta a refrenar la lengua. Y el apóstol Pedro habla del dominio propio como una de las mayores virtudes a las que se puede aspirar, que en últimas consecuencias conduce al amor. Por eso será que admiramos tanto a quien ante una injuria o una tentación fuerte no da rienda suelta a sus impulsos, sino que se contiene; al hombre que pudiendo y teniendo justificación para obrar impetuosamente en determinada situación, conserva la serenidad. El asunto presenta numerosas facetas. Ante el incremento desproporcionado de las ofertas de comida chatarra, por ejemplo, es fundamental aprender a dominar el apetito. El autocontrol incide en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida.

El objetivo no podría estar más claro. La pregunta que surge, sin embargo, es: ¿realmente podemos controlar nuestras emociones? Si encomendamos nuestra vida a Dios, Él nos ayudará a atemperarnos y nos indicará qué hacer y de qué abstenernos. Además, la voz de nuestra propia conciencia nos alertará en los momentos de flaqueza.

Colosenses 3:5 (NVI) Por tanto, hagan morir todo lo que es propio de la naturaleza terrenal: inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos y avaricia, la cual es idolatría.

Juan 14:6 (NVI) —Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí.

Juan 6:53 (NVI) —Ciertamente les aseguro —afirmó Jesús— que si no comen la carne del Hijo del hombre ni beben su sangre, no tienen realmente vida.