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El rompecabezas

El rompecabezas

#Devocional

En Nochevieja, cuando todos encendieron fuegos artificiales al dar las doce, ¿estabas lleno de entusiasmo y júbilo? ¿O al escuchar las campanadas te invadió una suerte de melancolía y te pusiste a reflexionar en silencio sobre tu futuro?

Al oír las exclamaciones de «¡Feliz Año Nuevo!», ¿sentiste sólo alegría, o también algo de ansiedad por lo que ha de venir? El año pasado yo estaba un poco confusa.

Hicimos los habituales brindis en medio del bullicio de la celebración de Año Nuevo; pero después de acostarme, mientras daba vueltas en la cama, me quedé pensando en lo que el futuro me tenía reservado.

Albergaba grandes expectativas; sabía que se aproximaban cambios. Me sentía contenta y triste a la vez. Estaba a punto de tomar ciertas decisiones, pero no lograba dar el paso.

La incertidumbre se prolongó una semana, luego dos. Cavilé bastante, postergué una y otra vez la decisión, y recé. Mucho. Pero sin resultados.

Un día llegó un paquete por correo. Además de ropa y chocolates, mi tía me envió un rompecabezas para niños. Me hizo gracia y pensé pasárselo a mi hermano más pequeño.

Al verlo Rafael —que tenía cuatro años—, se lo llevó a otra habitación para abrirlo. Sin embargo, enseguida volvió muy exaltado.

—El rompecabezas no tiene dibujo —exclamó—. Uno mismo lo tiene que hacer.

—¿Qué?

—El rompecabezas no tiene dibujo —repitió Rafael.

Al mirar más detenidamente me di cuenta de que era uno de esos puzzles sin dibujo. Así que, ante la insistencia de Rafael, hice un dibujo sobre las piezas antes de que las separara. Él estaba feliz.

Cuando pensé que me iba a dejar en paz, me dijo:

—Ahora tienes que ayudarme a armarlo.

Desparramó las piezas por el suelo, las amontonó, las volvió a desparramar, y se quedó sentado cruzado de brazos, contento y convencido de que yo se lo iba a armar.

Vacilé por un momento, pero al final acepté.

—De acuerdo, lo haremos juntos —le dije—. Es fácil.

Mi idea era que Rafael coloreara el dibujo antes de desbaratar el rompecabezas, pero no lo había hecho. Las piezas eran una maraña de líneas negras y no parecían encajar unas con otras. Pero Rafa no se daba por vencido.

Le expliqué que había que encontrar primero las cuatro esquinas, luego los bordes, y por último las piezas en que los elementos del dibujo eran reconocibles, y poner las de los ojos con las de la nariz, las de las hojas con las de las flores, etc.

Poco a poco, lo fuimos armando.

Me quedé observando mientras él buscaba lentamente cada pieza y la colocaba en su lugar. A veces se frustraba y meneaba la cabeza, o levantaba las manos exasperado y exclamaba:

—No… Esa no va ahí.

Cada vez insistía en que el rompecabezas tenía algún fallo. Tuve que asegurarle varias veces que las piezas encajarían perfectamente cuando estuvieran todas en su sitio.

—Todas forman parte del mismo dibujo —le dije—. Solo hay que descubrir dónde van.

Nos tomó media hora formar la imagen del gato jugando en el jardín. Cuando terminamos, Rafa tenía una expresión de suficiencia y satisfacción.

Yo también sonreía, pues en ese momento me vi a mí misma como una niña que intentaba resolver el rompecabezas de su vida, confusa, impaciente y con ganas de darse por vencida.

«Todas esas piezas forman parte del mismo rompecabezas —me dijo una vocecilla interior que he aprendido a identificar como la de Jesús—. Solo nos resta descubrir dónde van».

Así como me había sentado con mi hermanito, insinuándole dónde podía colocar las piezas, Jesús se sentaría conmigo cuando quisiera poner en orden esa pila de piezas que constituían mi futuro.

Al igual que mi hermanito, yo, un poco harta de todo, quería desechar las piezas que no parecían tener sentido. Sostenía vehementemente que no sabía dónde iba cada una. Entretanto, Él estaba a mi lado, asegurándome una y otra vez que todo iba a salir bien, que todas las piezas encajarían en su lugar. De eso no tenía Él la menor duda, pues el dibujo había sido obra Suya. Me llevaría tiempo y tendría que armarme de paciencia; pero una vez que todas las piezas estuvieran en su sitio, yo también sonreiría satisfecha.

Y eso fue precisamente lo que sucedió. Con unas cuantas pistas que me dio Jesús, unos días antes de ponerme a escribir este artículo todas las piezas encajaron en su lugar.

Hoy miro el rompecabezas del año entrante y me entusiasmo. Ya va tomando forma. Voy encontrando las esquinas y los bordes. Veo que empieza a aparecer una imagen. Ha aprendido que hacen falta todas las piezas. No dudo que será un hermoso cuadro.

Proverbios 16:9 El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el Señor.

Efesios 2:10 Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.

Jeremías 1:5 «Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones.»