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¡ES ÉL! ¡ES ÉL!

¡ES ÉL! ¡ES ÉL!

Pasé con una amiga frente a un cine justo a la hora en que terminaban varias películas y cientos de personas salían a la calle. Un hombre en particular me llamó la atención, por su gran estatura. Venía directamente hacia nosotras. Debía de medir dos metros diez y tenía la contextura atlética de un jugador de baloncesto. Cuando me volví para decirle a Abi lo que pensaba, ella corrió hacia él.

—¡Francisco, déjame darte la mano! —exclamó emocionada—. ¡No, mejor déjame abrazarte! ¡Estás jugando fantásticamente! ¡Estoy segura de que tu equipo va a salir campeón!

La entusiasta reacción de Abi también llamó la atención. Estaba animada y encendida, mientras que los demás viandantes se mostraron indiferentes. Puede que algunos lo reconocieran, pero ninguno reaccionó. Muchos, sin embargo, ni siquiera notaron en medio del gentío a aquel muchacho de más de dos metros de altura. Andaban metidos en su propio mundo. De los cientos de personas que circulaban por allí, Abi fue la única que corrió a saludarlo, lo llamó por su nombre, conocía su trayectoria profesional y lo elogió por la buena actuación de su equipo, los San Antonio Spurs, en aquella temporada. Como es muy aficionada a los deportes, Abi se rió y habló de su encuentro con el astro del básquet hasta que llegamos a casa. Estaba fascinada. Se moría de ganas de contárselo a su marido y a sus hijos. Francisco también parecía haberse quedado encantado.

Pensando en aquella experiencia a la mañana siguiente, de golpe se me ocurrió algo sorprendente. ¿Cuántos de nosotros tenemos a Jesús por un héroe? ¿Lo reconocemos en los demás? ¿Advertimos Su mano en el mundo que nos rodea? ¿Corremos a Él entusiasmados? ¿Proclamamos Su bondad cada vez que se nos aparece?

Quienes conocemos a Jesús lo vemos caminando entre nosotros. Su presencia nos emociona y nos transforma. Puede que no se nos aparezca como un jugador de baloncesto de dos metros diez. Tal vez tome la forma de un nene cuya sonrisa nos alegra la vida. Quizá se aparezca como un amigo que sabe exactamente qué decirnos. Tal vez venga a nosotros en la figura de un médico que nos repara el organismo con destreza. Puede que se presente como un desconocido amigable que nos dice que Jesús nos ama y quiere vivir en nuestro corazón.

Quienes lo conocemos lo amamos. No podemos contener la emoción cuando nos encontramos con Él, y queremos que otros también lo conozcan.

Romanos 10:17 (NVI) Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo.

Santiago 2:19 (NVI) ¿Tú crees que hay un solo Dios? ¡Magnífico! También los demonios lo creen, y tiemblan.

Mateo 21:22 (NVI) Si ustedes creen, recibirán todo lo que pidan en oración.