Familiares de 21 cristianos degollados por el Estado Islámico testifican que murieron con el nombre de Jesus en sus labios

Fue el hambre lo que les empujó hacia el infierno de Libia. El 6 de mayo de 2014, tras semanas de vacilaciones, el joven copto Yusef Shukri hizo la maleta y puso rumbo a la ciudad de Sirte. Aquel día otros vecinos de El Our, una aldea perdida en el Alto Egipto, iniciaron el mismo viaje en busca del pan. Todos terminarían meses después en manos de homicidas del Estado Islámico, decapitados en una playa de Tripolitania.

 

«Yusef es el primero que aparece desfilando con las manos esposadas y el mono naranja en el vídeo. Lo reconocí al momento. Murió degollado pero con el nombre de Jesucristo en la boca. Es un mártir», relata a su hermano Malak entre la multitud enlutada que recorre la geografía del pueblo.

Trece de los 21 cristianos egipcios asesinados por una filial libia del califato nacieron en las calles sin asfaltar de El Our, labraron los campos de trigo y alfalfa que se extienden tras las últimas casas de la villa -a unos 350 kilómetros al sur de El Cairo- y corretearon entre las vacas, cabras y burros que aparecen repantingados por cualquier rincón.

«Somos un pueblo de campesinos y el trabajo escasea. Yusef no encontró empleo y poco después de cumplir el servicio militar obligatorio decidió marcharse a Libia», agrega Malak, que aún recuerda la última llamada que cruzó con su hermano. «Conversamos el 2 de enero. Estaba preocupado porque habían secuestrado a finales de diciembre a un grupo de emigrantes del pueblo que vivía en Sirte. Hablamos de buscar una salida segura pero al día siguiente él corrió la misma suerte».

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Samuel Alhan, un fontanero de 30 años, fue uno de aquellos siete coptos cuyo rapto el 28 de diciembre hizo saltar las primeras alarmas entre las 7.000 almas que habitan la aldea. “Eran las 12 del mediodía. Habían dejado atrás Sirte y llevaban unos 40 minutos en la carretera cuando unos encapuchados les dieron el alto y los secuestraron”, cuenta su hermano Bebaui. “Derramaron su sangre porque era egipcio y copto pero su muerte no será en vano. Su asesinato servirá para que muchos conozcan que es realmente el IS. No son musulmanes ni cristianos. Sus militantes no tienen relación alguna con dios”, apostilla.

Aquel primer secuestro -apunta Emad Suliman- puso a los yihadistas sobre la pista del resto de camaradas cristianos que residían en Sirte, la cuna de Muamar Gadafi asfixiada hoy por el yugo de grupos que han jurado lealtad al IS y la milicia Ansar al Sharia. “Les obligaron a revelar su domicilio. Los terroristas llegaron con un listado de objetivos preguntando nombre por nombre”, asegura Emad a partir del relato proporcionado por los testigos, alguno de ellos musulmanes de los alrededores. Su hermano Maged fue cazado por los “muyahidines” (guerreros santos) la madrugada del 3 de enero en el asalto al inmueble que compartía con otro 12 colegas.

Entre ellos, Tauadros Yusef, un padre de familia al que la hoja de un cuchillo privará para siempre de ver crecer a sus tres retoños, dos de ellos en plena adolescencia. “Se lo llevaron unos enmascarados. Capturaron a los cristianos y dejaron a los musulmanes”, detalla su pariente Isa a unos metros de la iglesia a la que asistía Yusef. Franqueado el portón del templo, un cartel cuelga de uno de sus muros. “Egipto levántate. La sangre de tus mártires pide venganza”, ruega el rótulo.

“Lo que hizo Abdelfatah al Sisi (el presidente egipcio) ha aliviado parte de nuestra angustia y rabia”, reconoce Bashir. Desde la madrugada del lunes aviones de combate del ejército egipcio bombardean enclaves del IS en la vecina Libia.

La vida de sus hermanos Samuel y Bishoi también exhaló su último hálito cercenada por una maldita daga. “Escriba. Doy las gracias al ‘Daesh’ (acrónimo en árabe del IS) por no haber cortado los instantes de la decapitación y haberla difundido íntegra. Sé que ¡Oh Jesús! fue su último grito y que sufrieron el martirio por la cruz sin renunciar a su patria ni a su Dios”, proclama.

“Aquí todos somos familia. Eran nuestros mejores jóvenes, casi ángeles y santos: rezaban, ayunaban y trataban bien con la gente”, dice la treinteañera Samia tras liberarse de la comitiva de ancianas que dobla veloz la esquina para evitar al periodista. “Cada uno de los muertos tenía una historia. Lucas Nayaf, por ejemplo, tuvo una hija tras irse a Libia a la que nunca conocerá”, susurra la joven antes de internarse en la vivienda donde las mujeres del pueblo lloran la memoria de los muchachos que jamás harán el viaje de regreso y comparten la zozobra por el destino de otros 300 vecinos atrapados en mitad del caos libio.

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El régimen egipcio ha prometido repatriar a los cientos de miles de emigrantes que residen en el país vecino pero, de momento, no ha proporcionado detalles de la evacuación.

De todos los náufragos que tiñeron de rojo las aguas del Mediterráneo, la de Milad Makkin era la biografía más breve. Apenas había cumplido las 21 primaveras. Desesperado por la falta de trabajo y forzado por las penurias familiares, se enroló en el pelotón que partió hacia Libia. Primero agarró un autobús y en la ciudad de Alejandría un avión lo lanzó al que terminaría convirtiéndose en su tumba.

“Nunca quisimos que se fueran a Libia porque escuchamos que había problemas. Aplazaron el viaje durante meses pero al final los amigos que vivían allí les llamaron y les convencieron”, se lamenta Jalaf Henin, un primo del joven apostado entre los dolientes que -ataviados con galabiya (túnica tradicional) y turbante- reciben una interminable procesión de condolencias.

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La concurrencia, toda masculina, murmura el pésame y ocupa asiento en el inmenso patio de la iglesia. Los presentes en un velatorio huérfano de cuerpos permanecen cabizbajos, con la mirada extraviada. Por encima de sus silencios estalla cada cierto rato la voz de un sacerdote que, micrófono en mano, exclama: “Son mártires de Jesús. En el cielo estarán mejor que aquí”.

(ElMundo.es)