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Quarks De Gloria

Quarks De Gloria

Peter y yo nos tomamos unos días de descanso en un pequeño balneario. Cierto día, a la caída de la tarde, iba yo paseando por la playa cuando de pronto alcé la vista y me encontré con un deslumbrante cielo arrebolado.
Las nubes dispersas comenzaron a teñirse de tonos durazno, violeta y oro, contrastando con el fondo azul intenso del cielo. A mí me encantan todos los atardeceres; pero de cuando en cuando he presenciado alguno que otro tan, pero tan sobrecogedor que no pude quitarle los ojos de encima. El Gran Pintor desde luego captó mi atención con ese. Era como si estuviese vertiendo luz líquida de colores en cada nube. Los diversos matices las iban llenando hasta que parecían desbordarse. Se difundían en espléndidos torrentes, remolinos y volutas, formando un caleidoscopio vivo en permanente movimiento.

Al ver semejante obra de arte desplegarse ante mí, todo lo demás quedó opacado El espectáculo se fue ampliando, corriéndose suavemente hacia abajo, hasta dar la impresión de que engullía al propio océano y lo convertía en un mar de tonos vivos, que a lo lejos se asemejaba a un espejo liso y suave, y que rociaba su luminiscencia dorada cada vez que las olas rompían sobre la arena, a pocos metros de donde me encontraba yo. Me sentí inmersa en su belleza. Tuve la impresión de que con aquel atardecer Dios pretendía animarme y comunicarme Su amor.
Los colores se fueron vertiendo en tonos más oscuros sobre un promontorio, coronado por una pequeña punta, que se adentraba en el agua a lo lejos. Era como si la corriente de luz viva se derramase desde el borde del cielo sobre aquel peñón y las casitas que lo adornaban, convirtiéndolos momentáneamente en gemas que despedían reflejos iridiscentes de tonos rojos y dorados.

El cielo fue transformándose, pasando gradualmente de tonos pastel a rojos y burdeos vivos e intensos, salpicados de azules reales y vetas cobrizas. Finalmente, luego de unos quince minutos —que a mí me parecieron apenas unos instantes—, aquel majestuoso panorama comenzó a desvanecerse. Su gloria fue diluyéndose apaciblemente en las brumas de la noche, refugiándose allí para volver a pintar el mundo al día siguiente.

Sumida cada vez más en la penumbra, como una criatura sobrecogida tras el apoteósico cierre de un espectáculo de fuegos artificiales, y deseando que volviera a comenzar, de pronto se me ocurrió que aquel tremendo despliegue de belleza y poder, tan glorioso, imponente y complejo, no era más que un pensamiento, un destello en los ojos de Dios. No era más que una minúscula motita en la inmensidad de Su capacidad, un simple quark en el universo de Su inconmensurable poder. Si aquella escena efímera había conmovido tanto mi alma, al punto de dejarme boquiabierta ante tal esplendor, ¿cómo podía llegar yo a comprender o imaginar siquiera a su Creador, capaz de salpicar el cielo de esa magnificencia y en un momento volver a limpiarlo? Casi como si todo aquello no fuera más que Su aura o la estela que hubiera dejado al pasar.

A veces nos enfrascamos mucho en lo terrenal, nos afanamos y nos preocupamos de que estamos solos en el mundo con nuestros ahogos y desventuras. y nos convencemos de que tenemos que salir de ellos por nuestros propios medios. Sin embargo, en momentos así me vuelvo consciente de la innegable realidad de que somos amados profundamente por Alguien capaz de hacer estallar el cielo en una escena de incomparable belleza con tan solo un pensamiento fugaz, y recuerdo en quién he puesto mi esperanza. Lo que me dijo Dios por medio de tan sublime obra de arte fue: «Soy capaz de crear cualquier cosa. Puedo sustentarlo todo. Puedo también proteger a cualquiera. Puedo resolver cualquier problema. Soy la belleza misma. Soy poder. Soy amor, y esto lo hago por ti».

Momentos así me hacen ver que el Todopoderoso, el mismo que plasma semejante grandeza momentánea por consideración a Sus criaturas, está en estrecha sintonía con nuestras más insignificantes necesidades y deseos, y nos guía y vela por nosotros en situaciones ya triviales, ya trascendentales. ¿Cómo podemos preocuparnos de que vaya a olvidarse de nosotros o dejar de tener en cuenta, de manera perfecta y absoluta, hasta el último detalle de nuestra vida?

Cuando llega el ocaso
—magnífico esplendor
que Dios deja a Su paso,
destellos de color—,
los montes y collados
se tiñen de arrebol.
Profundos ecos bajos
alaban al Señor.

«Santo, santo», los ángeles cantan.
«Santo, santo», las nubes declaran.
«Santo, santo», los cielos proclaman.
«Santo, santo, santo es el Altísimo».

Con vespertinos tonos
Dios muestra la grandeza,
la gloria de Su trono,
que un día será nuestra.
Llegado ese momento
será tal el amor
que olvidaremos presto
el miedo y el dolor.

Ven, pues, a estremecernos,
bendito atardecer,
con tu esplendor eterno
que llena nuestro ser.
La vida en Dios termina,
en Él tiene sentido,
y quien el Cielo ansía
halla en Él su objetivo.
Calvin Laufer (1874–1938)

Génesis 1:1 (NVI)
Dios, en el principio,
creó los cielos y la tierra.

Eclesiastés 12:1 (NVI)
Acuérdate de tu Creador
en los días de tu juventud,
antes que lleguen los días malos
y vengan los años en que digas:
«No encuentro en ellos placer alguno»;

Juan 1:1 (NVI)
En el principio ya existía el Verbo,
y el Verbo estaba con Dios,
y el Verbo era Dios.