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EL BANQUETE DEL REY

EL BANQUETE DEL REY

#EnergiaPositiva

Los domingos mi madre solía preparar algo especial. Todavía recuerdo el ventanal abierto de la sala, la mesa desplegada en el centro, la comida deliciosa y la alegre conversación familiar.

Normalmente íbamos a la misa para niños de las 10 de la mañana mientras ella se quedaba a cocinar y mi padre hacía reparaciones en la casa. El relato que más recuerdo de aquellos sermones infantiles es uno que contó Jesús sobre un rey que invitó a sus nobles a un banquete, pero todos esgrimieron alguna excusa para no asistir. En vista de ello mandó llamar a todos los mendigos y pobres campesinos, que acudieron gustosos. Aunque en aquel entonces no entendía todo el significado de esa parábola, produjo una honda impresión en mí.

La comida suele asociarse a la unidad, los buenos momentos y las celebraciones. Cuando me hice un poco mayor, había una canción popular que decía: «Aramos el campo, plantamos la simiente, pero es de Dios la mano que cuida este vergel. […] Todos esos dones que nos envías, Señor, del Cielo son, […] llenos de amor». Si bien en aquella época yo no era creyente, esa canción me henchía el alma de alegría.

Poco después volví a crecer en la fe y a la larga me dediqué a servir a Dios. Hace unos años, en una temporada en la que pasé por múltiples apuros, llegué a pensar que Él me había abandonado. Sin embargo, no tardé en cambiar de opinión cuando leí: «El Señor siempre está conmigo», «Con amor eterno te he amado» y «No te desampararé, ni te dejaré».

A lo largo de mi vida, la Palabra de Dios me ha ayudado incontables veces a crecer y a entender mejor al Creador y a los demás. En ocasiones, Sus palabras son como una merienda; otras veces, como una comida completa, del estilo de los almuerzos especiales que preparaba mi madre los domingos. Me siento muy agradecida de que el Rey me haya invitado a Su banquete y de haber aceptado Su invitación.

Venid y comed
«Venid y comed», dijiste a Tus seguidores después de Tu resurrección. Hoy haces la misma invitación a todos. Yo la acepto. Quiero conocerte y recibirte. Deseo sentarme a Tu mesa y comer contigo en el paraíso.

Señor, siéntate a nuestra mesa,
sea adorada Tu grandeza,
y cúmpleme un día este anhelo:
celebrar contigo en el Cielo.
John Cennick (1718–1755)

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