La transformación de Carlos

#Devocional

—¿Pueden alojarme esta noche? —nos preguntó Carlos con voz temblorosa.

Nos explicó por teléfono que había tenido una discusión muy áspera con su señora y no podía regresar a casa. Mi mujer y yo sabíamos que por aquel entonces atravesaba un período muy difícil. Para empezar, el cargo al que aspiraba —gerente general de la empresa— le había sido conferido a otra persona. A los pocos días tuvo un grave accidente de tránsito del que afortunadamente salió ileso. Para colmo, su mujer y él estaban teniendo toda clase de conflictos matrimoniales. Todo le estaba saliendo mal.

Lo invité a casa. Antes de su arribo, mi esposa y yo oramos fervientemente pidiendo al Señor que nos indicara cómo animarlo y qué consejos ofrecerle para ayudarlo en el trance por el que estaba pasando, si es que nos lo pedía.

Cuando llegó lo vimos desconsolado. La noche anterior acababa de sufrir un nuevo accidente de tránsito. En esa ocasión el auto quedó como un acordeón. Su esposa estaba enojadísima.

Antes de preguntarle por qué creía que le estaban sucediendo todas esas cosas, dejamos que se desahogara. Empezó por quejarse de su esposa, que lo regañaba insistentemente por su afición a la bebida.

—¡Siempre me anda fastidiando por lo mismo! ¡Le molesta que yo la pase bien! —afirmó.

Estaba claro que no lograba entender por qué a su esposa le afligía que él bebiera tanto, algo a todas luces comprensible si nos poníamos en el pellejo de ella.
Después de prestarle oído un rato, le dijimos que lo mejor que podía hacer era dejar de achacarle sus reveses y sus apuros a ella o a los demás. Le explicamos que tal vez el origen de sus muchas dificultades radicaba en que no tenía una buena escala de prioridades. Hacía demasiado hincapié en pasarlo bien y no prestaba la debida atención a lo más importante y profundo de la vida.

—Dios no nos manda contrariedades sólo para vernos sufrir —le comenté—. Pero es cierto que a veces las permite, pues sabe que sólo recurrimos a Él con seriedad cuando nos vemos en apuros. A veces no le queda más remedio que enviarnos dificultades para que escarmentemos. Cuando empiezan a sucedernos cosas malas, nos ponemos a rezar y a leer la Palabra, y nos esforzamos más por seguir Sus preceptos. Una vez que nos volvemos a encauzar y hacemos lo posible por amar al Señor y a los demás y obedecer lo que Él nos indica, puede otorgarnos Su plena bendición. No es que el Señor espere que seamos perfectos —proseguí—. Lo que importan son nuestros móviles: si sinceramente estamos haciendo todo lo posible por obrar bien. Cuando es así, el Señor también hace todo lo posible por cuidarnos, protegernos y proporcionarnos felicidad. Claro que a veces no le queda más remedio que ponernos por delante dificultades a modo de freno, para que le escuchemos.

Por lo visto lo que más tenía enojada a la mujer de Carlos era su mala costumbre de beber de más. Eso estaba por costarle su matrimonio, así que le conté mi propia experiencia: cómo el Señor me había librado a mí del alcoholismo unos años antes. Le dije que él también podía librarse de ese vicio.

La situación de Carlos me recordó la historia de Esaú en la Biblia, que, corto de miras, se dejó llevar por el hambre y cambió toda su herencia por un plato del guiso de su hermano Jacob (Génesis 25:29–34). Le relaté el episodio a Carlos y le expliqué cómo me parecía que se le aplicaba. Prácticamente estaba canjeando la felicidad de su matrimonio por un vaso de whisky.

—Por no afrontar la situación —añadí—, te arriesgas a acabar con tu matrimonio. Lo mejor que puedes hacer es regresar a casa, disculparte con tu mujer y decirle lo mucho que la quieres.

En ésas se echó a llorar, nos dijo que nadie le había hablado jamás de esa forma y admitió que yo tenía razón. Seguimos conversando y decidió cambiar, rehacer su vida y procurar compensar el daño causado.

Leímos algunos versículos pertinentes de la Biblia, y mi esposa y yo oramos para que se operara en él una transformación total y duradera y para que Dios lo ayudara a dejar el trago.

Pocos días después, cuando lo visitamos en su oficina, estaba radiante. Nos dio un fuerte abrazo y nos dijo:

—¡Dios me transformó! ¡No tengo palabras para agradecerle a Él y a ustedes lo que han hecho para traerme al buen camino!

Nos contó que las cosas estaban mejorando enormemente con su mujer y que ambos se sentían felices.

No cesamos de dar gracias al Señor por los cambios que ha obrado en la vida de Carlos. Cuando oramos, ¡Él nunca falla!

«Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).

Apocalipsis 3:20 (NVI) Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo.

1. Juan 4:7 (NVI) Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce.

2. Pedro 3:12 (NVI) y esperando ansiosamente la venida del día de Dios? Ese día los cielos serán destruidos por el fuego, y los elementos se derretirán con el calor de las llamas.

La transformación de Carlos
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